6 ago. 2012

Hijo de la cólera

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   La culpa puede alivianarse y aliviar al culpable también. La culpa es el reconocimiento, la pertenencia y la responsabilidad. No cívica, no la compostura ni la funcionalidad, sino que el abrazo fundido de la reconciliación. Y es así como la niña que clava alfileres en su hermano cae por la cascada del darse cuenta.

    Dejarse sufrir escondiendo los ojos, no estancado, no autocondescendiente, sino dejando que la puerta de la tristeza se abra para dejar entrar los pesares y sentarse con ellos en comprensión. La relación con la visita puede hacer más livianas las punzadas e irse transformando en algo interesante, una fuente de metáforas cuya función es la alquimia lingüística.

    La relación con el huésped, que es una pena extraviada de su madre, puede sustentarse en el tiempo según la persistencia de su mensaje. Le abrimos la puerta de la tristeza varias veces a la misma pena. La madre de todas esas penas extraviadas es la gran tristeza que avanza con las sombras y flota con los alientos, la que acompaña a todos como un soplido sagrado, protegiendo a las almas. Las penas son líquido, la tristeza es vapor. Las penas se toman, la tristeza se inspira. Las penas se toman pero se expiran como aliento y vuelven a la nube de la tristeza. Si la niebla de la tristeza se condensa cae la pena en gotas y podemos tomarla, abrir la boca en vez del paraguas. 




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2 ago. 2012

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Si el mundo canta,
cierra la ventana.



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Prefin IV

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Deposita la mano sobre la sábana.
El abrazo final, el culo levantado
por los tacos.
La luz se prende y apaga
mientras las puertas de emergencia
escupen a quienes se están salvando.
Ábreme la puerta,
deja que se te desmaye la opinión.
Los troncos llegarán a ti.


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Prefin II

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El sol tallará heridas de luz en las retinas.

Los gritos se harán viejos
tratando de decirle algo
al rostro que descansa en las montañas.

El frasco de jabón azul atravesado
por la luz de la ventana.

La mano plastificada encuentra la herida
bajo la ropa embarrada.
La piel de la cabeza se levanta, la mano dibuja en el cráneo.
Nace una polilla de un capullo en la cortina.
La mosca se posa en el pie etiquetado.

Los pies parecerán petrificados
en el gesto eterno de la languidez.

La boca no dice más y se acuesta en el colchón más cercano.

Dime tú:
         ¿Ves este rostro?
         ¿Está mal afeitado?
         Esos imbéciles del hospital no han sabido tratarme
         como un hombre decente.
         ¡Miren que pocilga pretenciosa el edificio!
          
El fracaso y la maldad se riegan como a una planta.
Salen en un macetero.
Maleza bien cuidada en la fértil tierra del alma.

Todo lo que sufre tiene que morir
y las fogatas en las cabezas
dejarán al cerebro hecho cenizas.

En todo caso
la nota de la alcantarilla persistirá
como una higiénica sonata monótona,
un recordatorio del negro sistema digestivo doméstico.


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Prefin I

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Los árboles entrarán al volcán.
Nubes tallarán surcos en el cielo.
La boca se abrirá por última vez para decir un aire.
Todo parecerá un milagro.
La despedida será insatisfactoria.
Un abrazo que no sabe cuanto durar,
pudiendo ser
apenas un abrazo
o quedarse hecho piedra.
El rencor terminará encima.
Y la última espinilla no reventará
porque las uñas se resbalarán.
El último gesto será confuso
porque la superficie del rostro no será piel
será carne al aire.
Los gritos condenarán a los mirones.
Y todavía no habrá paz ni sueño.


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Karen:

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El no rompió el condón, se rompió mientras te lo ponía en cuatro. Ni cachó, tu tampoco. En cuatro es la posición en que más suele romperse. Tu la sugeriste, seguramente porque así no le verías la cara. No tiene infecciones ni enfermedades. Hace tres meses se examinó. ¿Acaso tu tienes? No, porque para trabajar en esto tienes que estar limpia. Realmente te dio asco su semen, se quedó adentro tuyo. Trataste de tirarlo dando saltitos con las piernas abiertas, pero no cayó porque se quedó bien adentro tuyo y aunque le dijiste que se saliera tan pronto como percibiste su orgasmo el no se salió y tuvo su orgasmo encerrado en tu zorra. Es tu culpa por comprar esos condones de mierda, sin marca, peruanos como tú. Oye, tu acento casi se ha ido. ¿Qué te ha hecho Chile? No quedaste embarazada. Créele que no tiene enfermedades. El te creyó lo mismo a ti. Si fuese sida, no le contarán a nadie. No lo culpes a él, Karen. Te dio asco y con asco saliste desnuda a abrirle la puerta diciendo sale, sale, sale. Karen, ¿Qué estas haciendo ahora? ¿Lloras por tu espinoso oficio, por los fluidos ajenos que cómo infecciones recorren tus fértiles canales? ¿Acaso tu óvulo estaba esperando? ¿Acaso siendo prostituta no tomas anticonceptivos? ¿Acaso te hastía la fatiga y el malestar que te invadirán mañana cuando tomes Postinor? Le dijiste que tenía cara de niño bueno, pero es mentira. Mientras estaba contigo en esa pieza con el velador de mierda hecho un mapa de quemaduras de incienso, velas y cigarros, estaba pensando en su madre, en una bayoneta antigua y en una procesión de hormigas minando un dulce vencido. Si, cara de niño bueno, pero rompió el condón en tu zorra que aparte igual estaba mojada. Te dejó su semen que tanto pedías para hacer el trabajo más corto, ni te dolía. Porque no eres como antes, porque ya no te duele y el olvido lo tienes puesto encima como una máscara turnia. Porque en tu baja espalda tienes un tatuaje que dice "Roger". ¿Quién es Roger, Karen? ¿Quién te robó tu nombre? No importa, inventaste el que usas y les dices para que no te conozcan. No te pedió besos, no te pedió nada, ni siquiera se le paró bien parado. Su semen salió decepcionado, tendrás un hijo depresivo que nunca conocerá.


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