9 ene. 2011

Carta Mamá

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Mira, mamá, este pedazo de noche que se acaba. Me vine en tu antiguo auto, mientras miraba las siluetas de las montañas definirse cada vez más. Estos amaneceres, mamá, me están diciendo algo tan despacio, como una burbuja que se revienta, un insecto pequeño, una espora que sin viento prolifera en un círculo hermoso. Mamá, el ser vivo más grande del mundo es un hongo subterráneo de más de diez kilómetros de radio. No se pueden ver más que pequeños salpullidos alrededor del área tras la cual se esconde.

Esta luz me pareció más o menos bella, aunque me recuerde a todo el insomnio que me atravesó como viento frío el año pasado y este año, aunque me recuerde al flujo violento del tiempo en mis pensamientos, como no poder devolverse en una etapa de videojuego, como que tu angustia no coincida con tu cara y esa máscara inexpresiva te ahogue. Me recuerda a todo eso, a tus mañanas de borrachera y desesperanza cuando te estabas separando del papá, a no poder mirarte el rostro sin sospecha ni dolor. Esta luz que siempre es la luz del desastre, de la nueva jornada punzantemente predecible y triste, es al fin un pequeño delirio de tiempos mejores, de reconciliación, de risa tranquilamente feliz y de inevitabilidad plácida. Mamá y si supieras con quién iba; un cuerpo hermoso que llevo mirando tres semanas, infinitamente tímido de traspasarlo, pero sabiendo que tarde o temprano mi observación se pondría negra al ovalar mis labios para acercarme. Un besito hizo visible la amanecida, mamá, acuérdate, los besitos se me cayeron con la autoestima. No tener nada que ofrecer es rechazar nuevos cariños y esperar que los ya fundados soporten. Se me había caído la ternura en la decepción, se me había caído la esperanza en la tristeza tremenda que marca al mundo hasta en el movimiento de las sombras con el moverse del sol. Esta tristeza tremenda que no rechazo en su origen sino solo en su destino. Rechazo, junto a esta pequeña luz que hace año y medio esta desembocando en la autoreprobación y en la autodestrucción. Rechazo al fin, mamá, que la tristeza que me ha hecho palpitar siempre se destine a deshacerme, a disolver mis intenciones más simples y querer dormir por cuarenta días. Mamá, un minuto pequeño de labio me devolvió a tu vientre y a los días con sus cadencias etéreas, sus livianas páginas de luz, los días, mamá, una cosa tan bella y detestable, por el orden estéril que proclaman inevitablemente, como si hubiera que seguir la jornada marchando. Mamá y al fin un día es un cambio de luz en el cielo y no un símbolo de trabajo, de improductividad y posible ilusoria mejora de los ritmos. Le duermo al sol con mi lomo enrojeciéndose mientras transita, le duermo al día y a la noche la lamento, mamá, todo esto es tan triste. Yo encuentro pequeños símbolos, melodías chiquititas que te invocan liviana, flotando, casi sin ser, casi no siendo más que un inevitable pedazo de tiempo. Mamá, un beso era más de lo que creía, mis labios que no se contraían más que para llorar toparon con otros y, mamá, dijeron un silencio hermoso, más o menos hermoso.

Quiero serte sencillo, lo que amo es simple y lo que odio más aún. Amo a las emociones y a todo lo que las genera. Odio a todo lo que intenta impedir que me emocione. Lo que más amo es otro tema. Lo qué más odio hay que olvidarlo. Ojalá nunca odiar, sino sentirse mejor más lejos.

Mira la luz que comienza a azularse y no puede atravesar la cortina todavía más que por los lados como una linea de temblorosa mano.

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