18 mar. 2011

Alejandra y Millay, Jako Night Club, Pta. Arenas

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Mis tragos valen dos mil la cerveza y cuatro el combinado. Cinco lucas el copete que se invita a las mujeres, cualquiera. Dos lucas de comisión por cada uno. En total le invité cuatro y para mí cinco cervezas. Un poco arruinado, pero con su número la llamo a almorzar, a comer algo. Me invita a conocer a su hija. Le digo que no soy ambicioso, aunque también que hay que emocionarse por todo en la vida. El corazón y la mente, ¿la legal? La legal, y bueno, qué música te gusta; depende del momento y del ánimo. ¿Qué música te gusta en este momento, en este ánimo? ¡No me acuerdo qué respondió!

Te vas porque te pido perdón porque no me queda más plata para invitarte. Te miro intentar con otros; más torpes, más rápidos, más pobres. Y disfruto mientras me deshago en la silla, mientras deseo haber consumido otra cosa, además, te miro y te encuentro cada vez más bella. Tus piernas son tu fuerte, tus tatuajes se acostumbran a la vista como se acostumbraron a tus días. El hombro, el omóplato, la teta, en la muñeca junto a tus cicatrices. El suicidio te parece algo valiente, la resistencia, el levantarse también. Te parece algo feliz, algo vivo y palpitante y con sentido. El suicidio de tu madre fue valiente. Al fin lo hizo. Al fin te matas, vieja, por qué amenazaste tanto, acaso no te atrevías, todas esas veces. Acaso el cumplimiento, la perseverancia en tu deber, que era matarte, construye tu nobleza, inalcanzable, destruida puesta a cuestas en tus emociones y tu persistencia. La recuerdas de ahorcada, hace veinticuatro horas, olorosa en la sala. Me avisó mi hermana. Te avisó tu hermana. Se murió la abuela, Millay, le dices. No recuerdo bien si ese es su nombre, pero la abuela se ahorcó.

Mira estos peñiscos en mi muñeca, son mis mejores tatuajes, mis cicatrices, peñascos en mi cuerpo que aborda mi historia como una marea. Mi cuerpo dice mi edad, mi pena, mi hija, aquí donde la ves, ocupada, bailando con otro, con su traje árabe de baile del vientre. Tú baile del vientre, tú la tuviste en tu vientre, yo la deseo, a tu hija, pero quiero verla en tus ojos, no en la pista de baile con el moreno que ni he visto invitarle un copete. Ví a tu hija enviando mensajes de texto.

Sé que la vida se extingue como se extingue un idioma indígena, como se extingue el papel mural de una casa abandonada o muy usada, como quedarse mudo, como la noche, siempre el reverso de la carta, igual a todo el mazo. La espalda de todos, avanzando en la misma dirección. Toma la muerte en tus manos, suicidarte, la única forma de controlarte, vida, mientras tú, hermosa, tratas de conseguirte otro trago de otro hombre, lo besas, no me duele, quiero que te compre un vaso, me voy, tu hija, quiero despedirme de ella, ni siquiera la he saludado. Solo la vi en la pista de baile y en tus ojos, un poco. Debo confesar: la miraba más lascivamente antes de saber, antes de que me dijieras que es tu hija.

Te digo, atrevidamente, que el sufrimiento es el sentido de la vida, la pregunta de la vida; la pena, la razón de la resistencia. Tú me dices que no. Nos besamos, tu boca huele a una vida de cigarro y cerveza. Te beso tiernamente porque no se besar de otra manera. El primer cariño que te hice fue con un cigarrillo en tu antebrazo. Quiero comer contigo tallarines y leerte esto explicándote que no es más que una confesión, un ofrecimiento puntudo pero patético.

La otras prostitutas, negras, gordas o gigantes, no son nada al lado de ustedes. Alejandra y Millay, hermanas, madre e hija. Quiero decirte que soy cuico, tímido y oportunista, que soy inmaduramente indefinido, pero no lo hago. Un puta gorda chilena revienta dos botellas y un vaso contra el mesón de unos viejos borrachos y sinvegüenzas. Me dices: me voy a salvar, te digo, te espero, pero más que a ti, esta vez espero a que se me acabe mi último billete en cerveza. Tu regreso a nuestra mesa, nuestra mesa. Aquí también estuvo tu hija con el moreno. La vi la miré desnuda hasta que me dijiste que era tu hija, crucial información. Igual que cuando te pregunté qué es lo que más te gusta de la vida y me dijiste: "Ver a los míos cambiar", o cuando te pregunté, al principio de nuestro banal nocturno encuentro, acerca de las drogas y las adicciones, me respondiste: el sexo. Eres bella, eres vieja para mí pero no para la muerte. No te mates, ni te conozco y te lo digo, no te mates, Jana. Te veo fuerte, hermosa, parecida a tu hija, que no puedo evitar mirar cuando es posible. Se escapó de la tuición de su padre para venir a vivir contigo, junto a tres otras colegas, trabajando de esto y estando ahí la una para la otra. Sé que no son prostitutas, eso es muy sencillo. Sé que no me dirás tu apellido, que no me voy a atrever a preguntarte si te acostarías conmigo y por cuánto. Sé que tu hija no es para mí porque debe enamorarse de jóvenes diferentes a su papá, jóvenes ingenuos y respetuosos, inpervertidos e invertebrados, perfectamente amorosos y no decepcionados de la vida, no suicidas como yo ni como tú ni como tu madre. Jóvenes que no vengan a estos lugares, el club nocturo Jako, en el barrio rojo de Punta Arenas a las cuatro.

Me levanto y voy a despedirme de ti. Hay poca gente para lo grande que es el local. Quisiera despedirme de tu hija, pero por Dios que no se enamore de nadie que conozca estos lugares. Que se enamore de mí, que solo vengo acá para sentir algo, a ustedes, vivas, palpitantes membranas de existencia. No, que no, yo te amo a ti, Jana, a ella la conocí a través de tus ojos y de reojo mirándola en la pista de baile.

Hace cuánto te fuiste al baño, te veo cuando abren la puerta otras que entran. Sales y pasas por mi lado y me dices que te espere aquí y vas a la barra y te sientas al lado de alguien que al invitarte un trago te toca la pierna y el pelo y la cintura. Tú lo besas de vuelta cuando se atreve. Adónde hay que ir aquí para acostarse, al motel de la misma calle.



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