30 jun. 2010

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No entré el auto, salté la reja y caminé por el estacionamiento deseando como siempre no pisar mierda de los perros. Satisfecho, entré a la casa y apagué las luces de la cocina y la puerta de entrada. Divisé a Chascona, la gata blanca a la que soy alérgico, y la perseguí hasta la pieza de mi madre, que dormía con Marcelo y mi hermana pequeña. Roncaban los adultos, mi madre emitió un susurro ambiguo y la gata se metió bajo la cama, desistí y me volví subiendo la escalera para alcanzar mi cama.

Desde mi cama, repaso los hechos nocturnos previos:

Venía de la casa de Bosco. De vuelta a mi casa se me ocurrió la idea de ver a Javiera. Recordé sus tetas nuevas y su buena disposición a complacerme, recordé lo barato y el suficiente dinero que descansaba en mi billetera. Al detenerme me preguntó - ¿Salimos? - Sí, súbete. Y luego entramos en complaciente intercambio de recuerdos.

Un amigo me comenta el proyecto que ha emprendido: certificar las folladas que comete y experimenta, guardar las evidencias y emitir declaración escrita. Dice que hay métodos que producen evidencia más asequible y objetual que otros, por ejemplo el uso de condón. Un adn por cada lado. Sabe él que es un juego fantasioso e inútil, pero lo liga a objetos que contienen la información que certifica los hechos de su existencia. Quiere probar sus huesos, quiere probar que su cuerpo no es negro por dentro, sino que pila de documentos de datos concretos, de historia, de archivo, de memoria íntima y legal sucesión de hechos.

Javiera me empieza a tocar el pico camino al callejón que usamos. Celebra que lo tenga ya duro diciendo que le encanta. Le digo mis complementarias complacencias como: ¿Cómo están tus tetas? ¿Cómo te ha ido con la novedad? Claro, supongo que sí, si te quedan súper bien. Me dice sí, ¿te gustan, duritas y paraditas?

Al rato de chupármela me dice que le gustaría sentarse encima. Le digo que haga lo que quiera, que yo haré cualquier cosa para complacerla. Dice que le gustaría que fuéramos a un Motel, para tener tiempo y disfrutarnos. Le prometo que la próxima vez será. Le pregunto qué moteles hay por acá en Providencia, me dice que solo hay muy caros y que iríamos a uno en el centro que sale cinco lucas la hora. Le prometo que la próxima vez será y sigue chupándolo y conversamos entremedio de sus succiones. Le toco las tetas mientras me lo chupa. Le propongo ponérselo y me dice que sí porque le gusta conmigo. Dice que mueva el auto, lo muevo y nos bajamos y se lo pongo mientras exclama que me vaya. Estoy demasiado borracho para eso y finjo mi orgasmo para satisfacerlo. Al sacar mi pene se adelanta a sacarme el condón pero la detengo y me lo saco yo, guardándolo en el bolsillo.

De vuelta le prometo que la próxima vez iremos a un motel. Al bajarse me da un beso en la boca. Disfrutando de su pegajoso lápiz labial invisible exclamo: ¡Qué rico tus labios, se nos olvidó darnos besos!

A algunos árboles les pusieron pequeñas luces naranjas alrededor de sus ramas y colgando del follaje, en la noche parecen infectados por una peste lumínica, en el día no se notan. Paso por ahí triste y queriendo llegar rápido a mi casa.


Venía de la casa de Bosco, habíamos estado tomando cerveza por seis horas, de diez a cuatro conversando y recordando y yo de vez en cuando iba al baño a jalar una línea de lo que me sobró ayer. Me contó sobre haber internado a su madre en el psiquiátrico de la chile. Le conté mis a veces disfuncionales experiencias últimas con Daniela.

¿Ves a las personas en la calle, ¿qué vivieron antes de exponerse ante ti? Ese viene de haberle pegado a su esposa, ese viene de enterrar a su padre y esa otra insatisfecha con su vida marital o familiar. Ese viene esperando llegar a descansar o a follar a su casa y ese otro de robar o ser robado por alguien sea su mujer o un flaite cualquiera. Ese allá piensa en nada y esa otra en que hará mañana, lo espere o lo tema.

Borracho manejo muy tranquilo, lo disfruto y confío en que un manejo cauteloso no me llevará a imprevistos. Los transeúntes hacen malabares con piedras en los semáforos, no sé para qué quieren plata a esta hora si no es para emborracharse, pero hoy es el día del trabajador y las botillerías cerraron temprano, quizás conocen un clandestino, o algún bar de chinos abiertos. "Pa los chinos, todos son días del trabajo" bromeó un amigo. Yo recuerdo a medias un dicho: "El que no sabe a qué vino, para qué chucha vino." Es difícil aguantar las calles, la calma de la noche lejos de los bares. ¿A quién queremos matar? ¿Cuándo le pusieron nombre a mi rostro y cédula a mi identidad?

Somos todos monstruos frágiles. Por la piel flácida y por el placer al hacer daño de repente o inconscientemente. La vida es una amenaza, todo se debe a que estos diablillos nacen sin poder controlar su furia. Es duro ser padre: formar, amputar pedazos de personalidad. Disgusto, pero peor, compasión. El odio es un afecto, somos afectados por el odio. Amar es el poder de hacer sufrir. Los sufrimientos que los hombres se infringen son cuantas veces entramos y salimos del mundo de los humanos. Enseñar el odio a los niños, preparar la próxima guerra: la violencia ritualizante, la tortura de hacer hablar mientras nos ahorcan. La felicidad: la promesa de la representación: Jesús convirtió toda el agua de mi cuerpo en vino para asesinarme.

Javiera es transexual. Mientras me chupaba el pico pensaba en cómo sería presenciar el suyo realmente, mirarlo o no sé. No me excitó la idea pero sí interesó. La dejé pasar.

Despierto y recuerdo. Ayer soñé varias situaciones distintas y aparentemente inconexas:

Vivía en un internado universitario. Mi pieza era una bodega de altísimas murallas y azul papel mural apenas roído y descolorido. Se aproxima una prueba sobre las cartas de tal y tal conquistadores durante una época específica de su aventura en Chile. Mi pareja y sus amigas desagradables estudiaban para otra evaluación acerca de literatura erótica de principios del siglo pasado, revisaba yo un libro que habían dejado sobre el sillón, Natalia Azocar, era su autor.

Antes habíamos ido a buscar cuarzos a las montañas, al sur frío o al Himalaya con Adolfo. Necesitábamos un permiso que a él le negaban, y yo necesitaba hablar con un profesor de geología que me iba a dar las instrucciones de extracción. Me llamaba muy temprano y no le contestaba, seguía durmiendo. Adolfo se perdía y tras recoger un cuarzo hermoso de la calle ya pulido, me dirigí al terminal a esperar pasaje.

Terminaba todo en un matrimonio familiar en el que conocía a una pariente nueva, lejana, gorda y rubia con tatuajes. Me invitaba a mirar su entintado brazo y yo chupaba la calavera con insignia preguntando: "¿este es el tatuaje de familia?" Ella respondía: "Mira un poco más arriba. Esa es la herida de familia." Levantaba mis labios de su piel y veía, a la altura de su hombro, un sector de tres centímetros cuadrados pelado, rojo y brillante.

El amanecer se me vino encima como una marea, luego como una herida que se abre, la herida del día que viene, otra jornada amaestrada, la vi cansando a los que la miraban, la jornada es un trino, entre madre, canto y tierra. La jornada es un portazo de madera vieja en la cara, arrastra las débiles piedras que nos desmayaron.

Miré por la ventana, por donde iba subiendo la calle, inflamándose como entraña infectada, la calle, haciendo de lomo para nosotros parásitos. Aunque estaba pensando en la imagen de pájaros comiendo del lomo de un grande o en los pequeños peces que penden de la piel de un tiburón, pero esos son casos de intercambio con beneficio mutuo, eso no sucede entre los humanos y el lomo de la tierra. Me interrumpieron unos gritos mujer de desesperados que pasaban por la calle, pensé que la estaba jodiendo un tipo, pero me asomé por la ventana y enteré de que estaba alucinando sola cargándose el escándalo. Llevaba mucho equipaje, bien equipado como un esforzado exiliado al embarque pero seguramente iba buscando un sitio donde dormir. Dormir.


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