14 dic. 2011

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Una lánguida y triste calma suele caerme cuando paso a echar bencina. El contador está en cero. Miro el rostro rojo en el billete que me dice: "Ahora no veo ni cuna ni niño, y el mundo me tengo por desvanecido. Grito a quien me ha dado el mundo y el hijo, y despierto entonces de mi propio grito." El silencio que aparece al apagar el auto se me acuesta encima. Solo una lívida, blanca pena me pondrá a dormir. Un sueño mudo y el abismo. La calle se agrieta con mis negros pensamientos.

Cuando te hablo siento que mis palabras caen a ti como en un libro roto, o atravesado por alguna lluvia que arrastró toda su tinta, de las dos formas ilegible. Cuando te hablo siento mi discurso como un balbuceo, como cuando en un sueño no sale la voz, el grito, los pasos. Cuando te hablo me deshago en esfuerzos por sonar esperanzador y reabrir tu amor por mí, pero esa fuente está drenada, seca como una pasa, o, te pregunto, apresada, contenida, ahorcado por tu orgullo, por tu miedo a que yo ocupe de nuevo tu alma.

Ah y el billete rojo que se va de las manos, la llave que llega de vuelta junto con la blanca boleta. El billete rojo que entrego y las luces rojas que vendrán, las lentas frenadas con su chillido. La roja cascada que emana de tu zorra enferma. Y yo soy de los que para quien es un frenesí lamer esos pliegues durante esos días.

Ah y tu zorra y tus tetas, y tu culo y tu boca, preciosos, perfectos, como una tijera, como un veneno, una extendida colina de pasto azul. No pude tocarlos hoy y cuando me ves llorando callado en la ventana te haces la tonta, tienes sueño y trabajo mañana. Luego cuando te vas te dejo en la puerta de tu auto. Vuelvo a mi casa y cierro con un portazo sinfónico. Me arrepiento de mi reacción y te mando un mensaje de rabia, de pena hambrienta, a ver si llega alguna respuesta. Me asusto, ya voy en mi auto camino a tu casa, siguiéndote, gritándole a las luces rojas, llamándote, cinco, seis, siete veces y contestas. Te hablo con llanto para que te compadezcas, te explico lo mucho que he hecho por recuperar tu amor, todo el orgullo que me he tragado ante tu intermitente indiferencia, pero me sigues diciendo te amo cuando culiamos, y después de nuevo, y entremedio de una y otra también.

Voy llegando a tu casa, tu estas saliendo del auto, desconectando los cables del ventilador que se queda pegado. Ven, sube, y sigue el discurso; que te amo, que tu también porque te gusta verme porque me sigues llamando y dándome la parte, entonces por qué esas repentinas estocadas de indiferencia. Pero si no te pido apoyo, no te pido contención, solo una mano en la rodilla, cuando el mundo se me derrumba. Solo unas palabras de empatía cuando se me muere el perro, cuando imagine tristemente el ocaso de los que amo. Pero todo es así, mostrar debilidad es entregar poder, y cuando de ese poder te aburres, lo botas. Yo me quedo con no se qué, con deseo de desvanecerme, de dormir cincuenta días y llorar treinta más. Me quedo manejando de vuelta, con un beso en la mejilla que me dejaste. Y yo que quería una chupada de pico a cambio del caño que te guardé, el que fumamos hoy día.



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