6 may. 2010

014

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En el dentista la wea estuvo rara. Casi siempre voy en la tarde, la sala está vagamente iluminada por el día y unas lámparas frías. Las camisas, las paredes, las cortinas ceden a un, odio escribir colores, amarillo de dientes sucios, un poco más claro. Es muy sutil lo amarillento. Mientras me joden en la boca, miro por la ventana, que está al frente mío, escucho los ruidos de las herramientas y de los que las manipulan. De fondo, muy lejano, muy despacio, la radio Romántica, a veces la Beethoven.

Hoy fui a las una. Es un día despejado y la cortina me encandilaba, me tranquilicé mucho. Cerraba los ojos y escuchaba la música, la música perpetua, los sonidos de los instrumentos, la vasta variedad de las puntas para ese pequeño taladro. Las quejas de Antonio ante la sutil incompetencia de la asistente, una de las mujeres más tiernas que he visto en los últimos años. Debe haberla escogido, en parte, por eso. Al abrir los ojos, me encontraba con la ventana, la cortina traslúcida apenas en las sombras, los edificios, etéreos al fondo y un gran pino. ¡Ese pino! Mi memoria lo tiene metido en el culo, oscilando, tranquilo, testigo de mi mueca forzada por el doctor y sus instrumentos.

Vengo aquí desde que nací. En la sala de espera, miraba por la ventana hacia un jardín siempre solitario que rodea una salida de autos. Todo sigue igual y yo he cambiado tanto. Pero los árboles, han crecido y mudado sus hojas, cuántos autos han salido y quizás alguien ha estado ahí. Por supuesto el jardinero, cortando el pasto. Me inunda tanto la velocidad en que la vida me cruza, se me escapa de las manos, que pienso esa estupidez, que todo sigue igual. De ahí nace mi deseo de estabilidad, de arraigarse en una rutina sin sentido, de echar raíces en el pútrido suelo de un apartamento con alfombra, lleno de piel y pelo en sus ranuras. Suspenderme del pulso de la ciudad. Ver como avanza el mundo precipitado desde una ventana, ignorando las batallas magnas que acontecen en mi organismo. Nuestro cuerpo está siempre en guerra, en guerra contra la muerte y perdiendo. Ya, pico, ¿qué mas?, este, claro.

Me estaba poniendo una tapadura en una muela de muy atrás, por lo que me tenía que abrir los labios por el costado con sus dedos. Lo mantenía así largo rato mientras corregía el calce de la tapadura con el hoyo de mi diente. Cuando terminó, el costado de mi labio estaba flácido, tuve una sensación muy desagradable. Como si mi boca fuera un culo al que le dieron chuchamadre y caminara colgando, balbuceando, soltando gases sin querer hasta incluso un poco de mierda. No se quién me dijo por ahí que a los maracos les pasaba eso, también a los viejos, por eso los pañales.

Ayer en la clínica, en Hemodiálisis, quien chucha sabe que es eso, vi a una vieja de muchísima edad con el brazo jodido. Era un hueso frágil del que colgaba piel azul, roja, toda venas. Algunas estaban inflamadas, lo tenía sujetado con dos pinzas metálicas y se arremangaba constantemente. Tenía rostro preocupado, ojos negros y típica ropa de vieja. Yo estaba estremecido, si seguía ahí mucho rato iba a llorar. Por suerte apareció el doctor. Pensé muchas weas viendo a esa vieja. En lo plácidos que la mayoría parecen, como si dentro ya no existiera más lucha. Todos miran como yo quiero mirar desde mi apartamento con alfombra, el mundo ya no los acarrea, avanza al fin como siempre rápido nos hecha apenas un viento fresco en la cara. Dentro el amor que abraza, fuera la noche fría. Lo fatal acontece al fin tan mientras todo pasa nos morimos. Quién fuera apenas sensitivo para no arrastrar el dolor inevitable de ser vivo. Como si la carne ya no nos tentara más que el abrazo estéril de los cojines de un ataúd qué se yo. Luego pensé en su ropa, en sus zapatos, que era donde menos se le notaba la edad. Dentro podrían haber estado los pies más frescos racimos de dedos de alguna que he amado, o muy bien los de esa vieja que no quise imaginarme. Cómo la ropa nos esconde el cuerpo, bla, bla, suficiente con la vieja de mierda.


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