25 abr. 2010

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Recién se me acabó mi cajetilla de cigarros Viceroy y gracias a dios encontré una de L&M en el suelo, al costado de mi escritorio. La había comprado antes de ayer a las cuatro y media de la mañana para webiar hasta al amanecer con María. Digo webiar porque no follamos, conversamos mucho sentados de frente fumando y tomando una sidra que estaba en el refrigerador de la casa de mi padre. La fui a buscar a la casa de una de sus amigas. Al entrar al auto, se pegó un cabezazo con el marco de la puerta. Acaricié su cabeza, estaba borracha y eufórica. Habló de la luz, mansa como un recuerdo. Yo de la transparencia de los sonidos, sobre todo el silencio. Comentamos sus cuadros, llevaba consigo fotos, luces penetradoras, objetos blandos. Estaba triste porque un amigo de su hermano pequeño se había suicidado hace poco. Hay quienes abogan por la abolición de la muerte. Hay quienes no nacen en protesta. No traté de decir mucho, el weon se tiró de un edificio. María, toma tus píldoras y que dios esté contigo. Caer, pensar que se está flotando un segundo y aterrizar desarmándose, los elementos independizados pero confusos derramados. El agua, el aire, los órganos, la electricidad. Estar listo para el registro. Una vez la vida información retenida por la muerte, álcense los comentarios. Sentí que su voz emanaba desde un abismo, cansada por la relatividad cuándo se sube y cuando descendemos. Tanto precipicio, pero no debo ir tan rápido ni tan seguro. A ver, después sigo con esto, quería decir algo acerca de los cigarrillos.

Los primeros, blancos enteros, me sobraron del carrete de ayer, día sábado, compré una después de almuerzo, se me acabó a las cero horas mas o menos el cambio de día y partí a comprar la que hoy a las siete está vacía. Bueno, los L&M que me estoy fumando ahora son corrientes y el papel que rodea al filtro es de diferente color que el resto blanco. Café claro, crema que se yo como chucha describir un color, con una constelación de pintitas mas claras. Una especie de simulación eufemista e idiota del tabaco que lleva dentro la parte blanca. El filtro es rodeado por tabaco gráfico, como si te estuvieran recordando que los cigarros corrientes son más fuertes, recuerda el tabaco, recuerda el tabaco que esta dentro de este tubo de papel, puta la wea estúpida que estoy hablando. Quería decir que en mi cenicero se suma este nuevo color, contrastando con el blanco que ha pasado y un par de pedacitos de papel impreso blanco también blanco, el cenicero es transparente. Hay, veamos, hasta ahora, quince colillas blancas y tres café, un montón de cenizas, cenicero transparente y en uno de los papelitos impresos se alcanza a leer “algo…”. Asumo, por la siguiente letra que apenas se asoma, solía decir “algodón”. Una etiqueta que corté de uno de mis polerones. Debería borrar este párrafo.

María. Me la he follado antes. Finaliza la conversa y partimos a dormir a mi casa materna. A mi viejo no le gusta la idea de que pueda follar en su casa, a mi madre no le molesta para nada, por eso partimos para allá. No había pensado mucho en follarla hasta ese momento, sabiendo que íbamos a terminar en la cama. Llegamos a las siete y media. Le pedí que durmiéramos desnudos, no quiso. Se quedó con un chaleco, calzones y unos shorts que le tuve que ofrecer para que no durmiera con jeans por la chucha. Juro que no follar no me hubiera molestado en lo más mínimo, solo quería culminar la jornada durmiendo entre cojines y piel. De hecho, al principio me había pedido un buzo, fui a buscar y encontré uno pero decidí esconderlo. Pantalones: menos piel, shorts: por lo menos la pantorrilla y fácil acceso hacia los muslos. El chaleco era corto y suelto, vientre descubierto y entrada liberada a sus tetas o espalda.

Una vez en la cama, noté que sus pies estaban helados pero no le presté atención, a lo más pensé que se entibiarían al frotarlos con los míos. Enseguida me preguntó, sientes lo frío que están mis pies, tengo mala circulación, mira, las puntas de mis manos también están heladas. Me imaginé la sangre arrastrándose dentro de su cuerpo blanco, descuidando las fronteras o luchando en vano por llegar a ellas. La pensé desnuda, marmórea, hundiendo mi colchón con su escaso peso. La pensé enferma, su claro cuerpo hinchado y yo arrebatarle toda el agua que lleva dentro, dejándola amarilla, helada entera. La pensé inhóspita y quise decirle, no te dejes definir.

Nos acariciamos un rato y yo, ávido por desnudez, juntaba la máxima superficie de piel posible con la de ella, con sus sectores expuestos. Dejé la música muy baja y a veces, dormitando, le decía lo mucho que me emocionaban algunas de las canciones que cruzaban el tiempo dilatado por el ánimo que preludia al sueño. Ante la tranquilidad que circundaba, con un movimiento brusco me besó, volviendo rápidamente a la posición anterior. Me extrañó, ya no quería follar, solo caer liviano y abandonarme al tiempo evaporado, dormir. De ahí en adelante nuestros labios empezaron a toparse más seguido. Fueron solo algunos besos dormidos, etéreos por el sueño y la borrachera. Los dos teníamos un aliento de mierda, la lengua ácida y los labios secos. Me gustó de todas formas, dormí feliz hasta que por la chucha madre desperté con un llamado telefónico de mi abuelo. Recuerda que hoy vamos al museo. Eran las once veinte, dormí dos horas. La fui a dejar al paradero, el rastro de la borrachera pasada y pasaban las micros incorrectas. No la acompañé hasta que llegara la suya, mi abuelo me estaba esperando.


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