18 abr. 2010

Día solo. Algarrobo




Abrí los ojos a una mañana blanca, nublada, gaviotas giraban a penas gritaban como anoche. El manto de nubes que deprimía la luz del día naciente era atravesado en contados sectores por los rayos de amanecida, cuya fuente no presencié ni imaginé antes de dormirme de nuevo. Las cosas estaban definiéndose. Desfundíanse los contornos de mi ventana, de mi cama, de la chimenea contigua que se asomaba por la rendija de mi puerta abierta. El día estaba deshaciendo el manto blando de la oscuridad que me apilaba junto a todas las cosas, me fundía durmiendo, sin pensar en los obstáculos del tacto, de la juiciosa vista y sus inventarios.

Un panorama así no invita a despertarse, por lo que volví al sueño, a esperar la alarma. Más adelante la mitad de las nubes del cielo se habían dispersado. Hacia el sur el mar gris y hacia el norte azul. Una luz nítida, esta vez, edificaba las frágiles y resplandecientes estructuras que reconocemos cada vez al despertarnos, al activarse las fortalezas que nos comprimen como individuos. Los árboles, las torres, las casas y los muelles adquirían su asignada identidad solitaria e inanimada.

Salí de mi cama con los ojos irritados, exprimidos por la alergia. Salí a asomarme por la ventana, a dividir la retina en pedazos de tierra, de materiales que confirmaran la aislada figura del que mira. La soledad nos disocia al igual que la muchedumbre, las cosas me empujan hacia dentro. El asfalto de la carretera que bordea la arena costera está tan limpio, al igual que aquella. Toda esa ausencia de pasos, de huellas, de personas, me grita, me recuerda que vine a estar solo. Nadie a quien mentirle, nadie quien sospeche el odio en mi rostro. Los muelles, desprovistos de embarcaciones en esta fría y trabajólica estación, parecen cicatrices en la superficie marina, tajos que habrían salido desde adentro para erguirse, tajos de materia por donde transitarán las enfermedades del mundo. Sus barcos están guardados en estacionamientos rentados, en recintos fundados para solucionar estos problemas. Como sabemos, no hace bien a las embarcaciones pequeñas pasar mucho tiempo estacionadas en las aguas sin ser usadas.

La marea que baja descubre las rocas verdes. El viento sigue empujando las nubes hacia el sur, el día quedará despejado. Hará calor y tendré que entrecerrar más aún los ojos ante el azul del mar que ahora encandila. Eso sí, la alergia ha disminuido, el flujo de mis narices se detuvo tapándolas y los ojos ya no pican ni lagrimean. Hay tanta luz en el gigante espejo que detiene las civilizaciones. El día está estallando violentamente, las sombras se mueven para esconderse en quien las proyecta. Trato de seguir su movimiento tan frustrante como tratar de ver moverse la manecilla de las horas. Tengo tiempo y el tiempo me tiene. El tiempo solitario y lejos de los relojes se mide con los gritos de los pájaros, sus tremulantes melodías, se mide con las marcas de las olas, las desmarcadas, se mide con una silla, una vereda, una pausa, un estruendo por un detalle. El tiempo lejos de los relojes es música.
Los pájaros no tienen sombra, veo una sombra resbalarse por la terraza, veo un pájaro planear en torno a un árbol, otros, en torno a la chimenea, en cuyo alrededor tienen su base que en una época es nido.

El comienzo del día termina cuando se proyecta su resto, cuando me pregunto con qué llenarlo, pero de todo uno puede arrepentirse, no es problema ir y volver a la máquina para transcribir los problemas que sucedieron en los descansos, lejos del lugar para contarlos. Durante todo el día, un ventanal por el cual mirar, por el cual ver las cosas yéndose a la mierda, o apretujándose a medida que oscurece, entrelazándose por la incertidumbre de sus lazos sus fronteras sus aduanas. Me refiero a los elementos del paisaje, de la vista, que recorriéndolos y ordenándolos construye su fuerte y dominios. La oscuridad deconstruye las formas y de todas formas falta mucho para que eso suceda, así que la noche para más tarde, el día para hoy día, un brindis, salud ¡hasta verte Jesucristo!




Afuera ya es tarde, he empezado a tomar cerveza, me atormentan los llamados de mi padre, que no contesto, con quien no he hablado hace seis meses. No es tarde, son las cuatro, iré a la playa a buscar cosas, algas secas, árboles pulidos y huesos. Algunos días fueron buenos, mirando, nada más mirando, se me acabará pronto la palabra, caeré a esperar que pase.




Culpa de mis ojos que pueden cerrarse, que saben pueden apagarlo todo, que saben pueden sumergirse en su cavidad.
Camino que no viene, que no llega a mis pasos, que se descompone detrás de cada madrugada.
Silencia la pena, la amargura que toda pena se cura, ya viene la mañanita.
Prosigue con tus dolientes, los durmientes que me tienen flotando atado, los mástiles que me tienen flameando atado.
Solamente la esperada, la tirada, la carga de no tener que ser nadie.


Háblanme los trinos que me quieren fuera de sus dominios, las gaviotas se atentan pronto, vigilan mi entrada a su sucio santuario. Solo quiero sus esqueletos abandonados, mas cuánto les molestará alguien que profane sus cementerios, pero los animales no son tan así, no idolatran la muerte, no le dan las gracias.
Que emerjan de sus cadáveres su antiguos cantares, en su organismo descomponiéndose están todas sus partituras. No sus decisiones, no sus arrepentimientos, nunca sus errores.
Descansaran los huesos, descansarán mañana, pasado, mañana, pasando, ninguno.

Abro una cadena, la desengancho de un extremo y la echo a un lado. Vuelvo al auto y cruzo por encima de ella, este camino lleva a un río, lleva a unos sapos, unos etéreos paseos pasados. Vine a buscarte, a buscar cualquier cosa que me recuerde el muchacho que mandé a buscar un arma para matar a este gavilán. Qué tengo adentro, un pueblo muerto, un pueblo vacío y de noche, con sus formas fundidas, con una presencia errada y errante. El novillo se retira.
Estaciono, bajo y al no encontrarme nada más que a mi mismo, subo de vuelta, cruzo la cadena acostada y de camino a casa, a muerte, a más de lo mismo dicen, más de mi mismo.

Claustro, columpio mis acciones en un claustro, en el que las cosas parecen valer menos la pena. Un claustro es solo y palpitando apenas. Lo veré de nuevo el dieciocho de septiembre. Alguien vino del pueblo, es muy temprano, lo mandé a volar a la amarilla luna.

Cae el sol por mi izquierda, mi estomago se hincha por la cerveza, la decepción, la misma mierda, tener que dormir para recuperarse, tener que morir para salvarse.




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