22 abr. 2010

Sr. Turista, mi pueblo era limpio hasta que llegaste tú.

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En el día, la plateada luz que cae a través de las nubes afila la superficie del agua, mantas de viento tocan y se desprenden del lago. En la noche, la luz se esparce como líquido blanco desde las linternas. Ventanas flamean, las grietas y terminaciones de la madera trasladan conversaciones, ruidos, pisadas, voces inquisitivas. La pesada oscuridad comprime los espacios, habitamos hasta donde alcanza la luz.


El oscuro océano morado, agujereado por delfines, es sondado por mi transbordador. La espuma crespa que salpican sus costados, la miro más que al horizonte y que al lejano embarcadero.

Un pequeño quiosco cerca de la playa vende bebidas y dulces. Lo atiende una de las mujeres más bellas del pueblo, de negro, austera, de pelo negro, junto a una niña que revolotea casi invisible tras el mostrador, se distingue por su cabeza, que alcanza a asomarse entre los pasteles y envoltorios. La mujer baja su mirada vigilándola mientras le compro unos cubanitos. De una caseta aledaña al quisco, que al principio creí era un baño, sale un hombre a observarme mientras compro, pensé por un momento que la vigilaba a ella. Al volver me di cuenta que en la caseta habían tres tragamonedas, no distinguí los juegos.

Cuarenta y cinco años tiene la que con una carretilla se instala a vender mazorcas en la calle principal de la isla. Se viste llamativa, con gesto digno y maquillado, delineados azules en los párpados inferiores y sombra en las pestañas mas ligero lápiz labial rosado diciendo:
Choclos, a mil la docena.

Se tropieza al bajar la acera un bastón que sostiene a un viejo y este se apoya en un poste de hormigón junto a una exclamación ambigua de vocales.

Despierta al perro que duerme en la acera un vendedor de milcao y empanadas vestido ajustado y con patillas. Sonríe y exclama y la gente se ríe de el con cierta ternura y a veces vergüenza.

Tiro una babosa que ha escalado mi pierna a una fogata pero un conocido la salva enseguida reprochándome. Me disculpo y descarto al decir no me abordes, al animal no le importa.

Con su novia echada en su regazo hace callar a un niño que acaba de gritar de repente, gente lo acompaña en su intolerancia, diciendo eses largas y fuertes. El padre del niño se despierta y acurruca a su hijo.

Un rumor de expectores me alcanza y despierta. Viene del baño y espero a que salga su autor, en dos minutos la puerta se abre descubriendo a un viejo de unos ochenta años, de ojos grises, seguramente antes azules, y colgante piel desde el mentón, tres mentones blandos mediando el cuello con el rostro, su ancha ropa no deja entrever su contextura. Dormiré pronto.

Voy mientras llueve fuerte por un camino rodeado de bosques, a él llega un sendero desde la playa por donde el viento se cuela violentamente, cambiando las gotas de dirección y dejando entrever las olas.

Después de cocinar, me deshago del agua hirviente vertiéndola en el pasto. Un bicho surge arrastrándose desde la tierra al aire agonizando. Se retuerce hasta desparramarse flácido en el musgo humeante.

Aterriza en mi brazo un coleóptero. Lista de reacciones aparecen en mi voluntad.

Al rebotar su cabeza en su mano, llaman su nombre en la fogata. Las estrellas se asoman de vez en cuando, turnándose con la lluvia.

En la playa sol intermitente y viento fuerte, flujo violento de olas, bandadas lejos vuelan o nadan. El mar ha derramado basura con el tiempo. Bollas se han desatado de sus cadenas y yacen deformes roída superficie. Imagino esas cadenas mar adentro atadas todavía a sus muertos inútiles abandonados, llenos de algas y crustáceos. Muerto se llama el bloque de cemento que ancla la cadena que sujeta a la bolla, o a una balsa, o un bote. Muerto peso que alza la señal de territorio y testimonio, reserva y dominio, mapa y ruta. Me sirvo ahí una piscola y hundo los pies en la arena, una vista para retener, mejor sería alguien acá conmigo, un carnívoro labio abierto que me diga, que me diga: no.

Una pareja discute sobre la luz: se está haciendo tarde, no reconoceremos el camino a casa, no importa tenemos linterna y la noche dejará entrever, la linterna es pésima. El atardecer termina, un ocaso en vano.

Mientras toman cerveza el día languidece y los rostros se desfiguran, a unos la mandíbula les cae y a otros se les contrae. La oscuridad próxima ocultara los gestos que ocupan los rasgos para poblar el rostro, territorio versátil pero resistente. A lo lejos grita una vaca que seguro la están matando.

El gato que en vida maltraté está muerto. Después de cuatro días de agonía sus estertores cesaron. Murió a los pies de la cama de mi madre, sobre y tapado por un montón de frazadas. Su lengua asomándose unos milímetros abría su boca dejando ver algunos dientes superiores. Fue enterrado en la esquina del patio, donde hemos enterrado a todas las mascotas muertas. Mi hermana pequeña fue la que más lloró. La tierra lo está devorando ahora. ¿Habré contribuido a su muerte?

Zancudos se acercan a mi rostro. Los dejo picarme, llevarse un poco de mi sangre. Disfruto el pequeño dolor con dos de ellos, luego los ahuyento y me rocío con repelente. Llévenle mi pedazo, díganle que la muerte nos separa, que le deseo le cosa sus labios la vergüenza.

Joven estudiante brutalmente asesinada. Fue encontrada en avanzado estado de descomposición el día de ayer en una cabaña en Lelbun, Chiloé. Los médicos forenses detectaron restos de semen en una profunda herida justo en su ombligo. "Los jóvenes necesitan nuevos orificios", bromeó Hernán Arce, el encargado de la investigación.

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